Veronika [...]

lunes, 25 de agosto de 2008

[...]

Veronika se sacó el jersey y se acercó a Eduard; sí tenía que hacer algo, era preferible hacerlo entonces. Mari no soportarla el frío exterior durante mucho tiempo y pronto volvería a entrar. Él retrocedió. La pregunta en sus ojos era otra: ¿cuándo volvería al piano? ¿Cuándo tocaría una nueva pieza para llenar su alma con los mismos colores, sufrimientos, dolores y alegrías de aquellos compositores locos que habían atravesado tantas generaciones con sus obras?

[...]

Ella tomó su mano y lo quiso llevar hasta el sofá, pero Eduard, educadamente, rehusó. Prefería quedarse de pie donde estaba, junto al piano esperando pacientemente que ella volviera a tocar.
Veronika se quedó desconcertada, pero pronto se dio cuenta de que no tenía nada que perder. Estaba muerta, ¿de qué servía estar alimentando los miedos y prejuicios que siempre limitaron su vida? Se quitó la blusa, el pantalón, el sostén, las bragas y se quedó desnuda delante de él.
Eduard rió. Ella no sabía de qué, pero se dio cuenta de que había reído. Delicadamente cogió su mano y la colocó sobre su sexo; la mano se quedó allí, inmóvil. Veronika desistió de la idea y la retiró.
Algo la estaba excitando mucho más que un simple contacto físico con aquel hombre: el hecho de que podía hacer lo que quisiera, de que no había límites: excepto la mujer de afuera, que podía entrar en cualquier momento, nadie más debía de estar despierto.
Su sangre empezó a circular más rápidamente, y el frío que sintiera al desnudarse fue
desapareciendo. Los dos estaban de pie, frente a frente, ella desnuda, él totalmente vestido.
Veronika descendió la mano hasta su sexo y comenzó a masturbarse; ya lo había practicado antes, sola o con alguna pareja, pero nunca en una situación como ésta, en la que el hombre no mostraba el menor interés por lo que estaba aconteciendo.
Y eso era excitante, muy excitante. De pie, con las piernas abiertas, Veronika se tocaba su sexo, sus senos, sus cabellos, entregándose como nunca se entregara, no tanto porque quisiera ver a aquel chico salir de su mundo distante sino porque nunca había experimentado tal sensación.
Empezó a hablar, a decir cosas impensables, que sus padres, sus amigos, sus ancestros habrían considerado lo más sucio del mundo. Llegó el primer orgasmo y se mordió los labios para no gritar de placer.
Eduard la miraba frente a frente, fijamente. Había un brillo diferente en sus ojos: daba la impresión de que fuese consciente de algo, aunque fuese tan sólo de la energía, el calor, el sudor, el olor que exhalaba su cuerpo. Veronika aún no estaba satisfecha. Se arrodilló y comenzó a masturbarse otra vez.
Quería morir de gozo, de placer, pensando y realizando todo lo que siempre le había sido prohibido:
imploró al hombre que la palpara, que la sometiera, que la usase para todo lo que le viniera en gana.
Le hubiera gustado que Zedka también estuviese allí, porque una mujer sabe cómo tocar el cuerpo de otra como ningún hombre lo consigue, ya que conoce todos sus secretos.
De rodillas, ante aquel hombre de pie, ella se sintió poseída y palpada, y usó palabras fuertes para describir lo que quería que él le hiciera. Un nuevo orgasmo fue llegando, esta vez más intenso que nunca, como si todo a su alrededor fuese a explotar. Se acordó del ataque cardíaco que había tenido aquella mañana, pero ya no le concedía la menor importancia: iba a morir gozando, estallando. Se sintió tentada de sujetar el sexo de Eduard, que se encontraba justo delante de su rostro, pero no quería correr ningún riesgo de estropear aquel momento; estaba yendo lejos, muy lejos, exactamente
como le había dicho Mari.
Se imaginó reina y esclava, dominadora y dominada. En su fantasía hacía el amor con blancos, negros, amarillos, homosexuales, mendigos. Era de todos, y todos podían hacer todo. Tuvo uno, dos, tres orgasmos seguidos. Imaginó todo lo que nunca había imaginado antes, y se entregó a lo más obsceno y a lo más puro. Finalmente no consiguió contenerse más y gritó mucho, de placer, del dolor de los orgasmos seguidos, de los muchos hombres y mujeres que habían entrado y salido de su cuerpo, usando las puertas de su mente.
Se acostó en el suelo y se dejó estar allí, bañada en sudor, con el alma inundada de paz. Se había escondido a sí misma sus deseos ocultos, sin nunca saber bien por qué, y no necesitaba una respuesta. Le bastaba haber hecho lo que había hecho: entregarse.
Poco a poco el Universo fue volviendo a su lugar, y Veronika se levantó. Eduard se había mantenido inmóvil todo el tiempo, pero algo en él parecía haber cambiado: sus ojos demostraban ternura, una ternura muy próxima a este mundo.

«Fue tan bueno que consigo ver amor en todo. Hasta en los ojos de un esquizofrénico.»

Empezaba a vestirse cuando sintió una tercera presencia en la sala.
Mari estaba allí. Veronika no sabía en qué momento había entrado, lo que había escuchado o visto, pero aun así no sentía ni vergüenza ni miedo. Se limitó a mirarla con l a misma distancia con que se mira a una persona demasiado próxima.
-Hice lo que tú me sugeriste -dijo-. Llegué lejos.

[...]

-Él quiere que interpretes una pieza más --dijo Mari mirando hacia Eduard-. Creo que lo merece.
-Lo haré, pero contéstame: ¿por qué nunca había hecho esto antes? Si soy libre, si puedo pensar en todo lo que quiero, ¿por qué siempre evité imaginar situaciones prohibidas?
-¿Prohibidas? Escucha: fui abogada, y conozco las leyes. También fui católica, y conocía de memoria muchos pasajes de la Biblia. ¿Qué quieres decir con «prohibidas»?
Mari se acercó a ella y la ayudó a ponerse el jersey.
-Mírame bien a los ojos y no te olvides de lo que te voy a decir. Sólo existen dos prohibiciones: una por la ley del hombre y otra por la ley de Dios. Nunca fuerces una relación con alguien, pues es considerado estupro. Y nunca tengas relaciones con menores, porque éste es el peor de los pecados.
Aparte de esto, eres libre. Siempre existe alguien que quiere hacer exactamente lo mismo que tú deseas.

[...]

Eduard no se movió: esperaba que Veronika interpretase una pieza para él. Ella tenía el deber de recompensarlo por el inmenso placer que le había proporcionado, sólo por permanecer delante de ella, contemplando su locura sin pavor ni repulsión. Se sentó al piano y volvió a tocar.
Sentía el alma ligera, y ya ni siquiera el miedo a la muerte la atormentaba. Había vivido lo que siempre escondiera de sí misma. Había conocido los placeres que podía experimentar una virgen y una prostituta, una esclava y una reina, más intensamente los de una esclava que los de una reina.
Aquella noche, como por milagro, todas las canciones que sabía volvieron a su mente, e hizo que Eduard disfrutase tanto como lo había hecho ella.

Veronika decide morir - Paulo Coelho

4 comentarios:

OjosMiel. dijo...

Un libro que transmite ganas de vivir. Siempre me pareció fascinante lo que hizo el médico para que Verónika recuperara esas ganas.

Niña con Sueño dijo...

Eso eso, quitarme las ganas de leer el libro xD

fuck spoilers xD

R. dijo...

Adoro ese libro :)

Calypso dijo...

Es mi libro favorito. Supongo que alguna vez en la vida todos nos sentimos como Veronika...


SuSuRRoS aL aiRe

[[ Me dejé llevar por ti. Por la pasión de tus ojos, la sensualidad de tu cintura y esos cantos de sirena que entonaste sin palabras.
Imaginé una hora infinita de complicidad y risas entre gemidos de deseo. Descubrí sobre tus labios el sabor de la noche explotando mis sentidos, drogándome de la locura que proporciona tu sensación de libertad.
Atrapada en tu compás yo también me sentí libre, capaz de sucumbir a tu placer hipnótico y desafiante.
Quise seguir tus huellas más allá de los rincones que cubren las sombras, allí donde renace el sentido bohemio y seductor de las estrellas. Un paso tras otro me precipitaste al vació sin siquiera preguntar antes de entrar.
Me olvide por completo del cómo, el dónde, el cuándo y sobre todo el por qué. Todo careció de sentido y era eso el sentido en si mismo de lo poco que cabía en esa habitación. Entre tu y yo sobraba el aire, y el espacio quiso definirse como la distancia que nos separaba un beso tras otro.
Por un segundo no deseé nada mas que lo que me ofrecías, néctares de ensueño con sabor a tequila y sal... ]]